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Noticia

03 - 09 - 20

Vivir con Esclerosis Múltiple en los tiempos de pandemia

La pandemia por el nuevo coronavirus, SARS-Cov-2, causante de la enfermedad covid-19 es el mayor desafío sanitario y probablemente también socio económico al que la humanidad se ha enfrentado en las últimas décadas.

Un terremoto que ha resquebrajado los cimientos del estado de bienestar y ha causado cientos de miles de víctimas mortales y millones de personas afectadas en el mundo.

La infección covid-19 es especialmente grave en personas mayores de 60 años y en personas con patología asociada como hipertensión arterial, diabetes, obesidad, patología cardiorrespiratoria e inmunodepresión. Ha causado efectos devastadores en residencias de personas mayores de numerosos países.

La explosión de casos graves que requirieron hospitalización en la primera gran oleada del virus saturó los servicios sanitarios y obligaron a suspender o postponer tratamientos, procedimientos y pruebas diagnósticas no esenciales o urgentes. La atención a los pacientes con covid-19 acaparó los esfuerzos de la atención primaria, dificultando la atención al resto de patologías. Para evitar que las instalaciones sanitarias se convirtieran en focos de expansión del virus se limitó al máximo la presencia de familiares y pacientes con patología no urgente en ambulatorios y hospitales. Como alternativa a la medicina presencial, la telemedicina ha jugado un papel primordial para mantener el contacto y la atención a personas con patología no urgente y enfermos crónicos.

La mayoría de las personas nos hemos sentido amenazados y hemos sido conscientes de nuestra vulnerabilidad ante esta enfermedad para la que, a día de hoy, no existe un tratamiento curativo. En las personas afectas de esclerosis múltiple (EM), esto se unió a la incertidumbre de vivir con una enfermedad crónica y a las dificultades de integración socio laboral y el aislamiento que sufren. Desconocíamos si padecer EM era un factor de riesgo para sufrir una infección más grave y si los tratamientos que siguen muchas de ellas, con efecto inmunosupresor, las convertía en grupo de riesgo para sufrir una infección más grave.

Estas incertidumbres hicieron que en las primeras fases de la pandemia se considerara a todos los pacientes que seguían un tratamiento inmunosupresor, grupo de riesgo, recomendando el confinamiento estricto y seguir a rajatabla todas las recomendaciones dadas por las autoridades sanitarias. Se suspendieron inicios o cambios de tratamiento y se postpusieron aquellos que requerían que los pacientes acudieran al hospital, incluyendo la rehabilitación. También en la atención a las personas con EM, la telemedicina ha sido una herramienta muy útil en los peores momentos de la pandemia.

Con el paso de las semanas, se fue reduciendo el número contagios, “se doblegó la curva” y se pudo ir reanudando la actividad sanitaria en todas sus vertientes: las consultas presenciales, los tratamientos postpuestos y las pruebas complementarias no realizadas.

Desde las primeras fases de la pandemia se pusieron en marcha registros nacionales y supranacionales para conocer la incidencia y gravedad de la covid-19 en las personas con EM.  A través de estos registros vamos acumulando experiencia y, con la máxima cautela, a día de hoy no hay evidencia de que las personas con EM tengan un mayor riesgo de sufrir la covid-19. Tampoco las personas con EM (con o sin tratamientos inmunosupresores) que sufren la covid-19 parecen tener un pronóstico peor que personas con edad similar no afectas de EM. Las personas con EM que sufren formas más graves de covid-19 son, en general, personas de mayor edad, más comúnmente con formas progresivas de la enfermedad, con secuelas neurológicas importantes y con factores de riesgo similares al resto de la población (HTA, diabetes, patología cardiorrespiratoria, obesidad).

Es decir, los riesgos de la covid-19 en las personas con EM parecen similares al del resto de la población.  Esto refuerza la necesidad de continuar los tratamientos iniciados y no suspenderlos sin antes haber discutido con su neurólogo habitual los riesgos individuales que cada paciente puede tener si sufre la covid-19 y los riesgos de suspender los tratamientos modificadores de la enfermedad.

Mientras no dispongamos de una vacuna para la covid-19 las medidas de distanciamiento social, lavado de manos y uso de mascarilla son nuestras únicas armas para evitar que la pandemia se siga extendiendo.  Cuando no sabemos si estamos a las puertas de una segunda gran ola de la pandemia, debemos apelar a la responsabilidad individual y evitar conductas de riesgo. El comportamiento en este sentido de las personas con EM ha sido, en mi experiencia personal, modélico.

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José Luis Sánchez Menoyo
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