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26 - 10 - 20

Tratamientos de inmunosupresión continua vs transitoria

La esclerosis múltiple es una enfermedad neurológica causada por desajustes en el sistema inmunológico.

Las células inmunes se vuelven “intolerantes” frente a moléculas del organismo (las dejan de reconocer como propias) y como consecuencia organizan una respuesta inflamatoria para atacarlas, provocando lesiones en el tejido cerebral y medular.

Hoy en día disponemos de numerosos tratamientos frente a la esclerosis múltiple que actúan contra el sistema inmune: tratan de prevenir que se generen nuevas lesiones que produzcan daños irreversibles. En los pacientes con elevada actividad inflamatoria tenemos que utilizar medicamentos potentes que “supriman” alguna de las funciones del sistema inmune. Estos tratamientos se conocen como fármacos “inmunosupresores selectivos” y su desarrollo en los últimos años ha permitido que gran parte de los pacientes que diagnosticamos en la actualidad puedan estar controlados.

Estos tratamientos se pueden clasificar en dos grandes grupos: el primero engloba los medicamentos de “inmunosupresión continua”, que requieren una aplicación sostenida  para mantener su efectividad. Tienen la ventaja de que en caso de que detectemos efectos secundarios indeseables, su suspensión conlleva una rápida recuperación de la función inmunitaria. Sin embargo, esa rapidez en ocasiones puede descolocar al sistema nervioso y provocar una reactivación inflamatoria exagerada. Además, al aplicarlos de forma constante, sus efectos sobre las células inmunes son persistentes, por lo que el riesgo de infecciones (especialmente virales), se mantiene e incluso puede aumentar a largo plazo durante el tratamiento. Actualmente no se recomienda la aplicación de vacunas con microorganismos vivos de forma concomitante a estos tratamientos por no estar demostrada su seguridad.

Existe un segundo grupo más novedoso de medicamentos que producen una “inmunosupresión transitoria”: se aplican durante periodos cortos de tiempo, que llamamos “ciclos”, y su efectividad dura más allá de su aplicación. Hay que escogerlos cuidadosamente porque una vez administrados no podemos revertirlos voluntariamente. Cuando se administra un fármaco de este tipo, en los primeros meses se consiguen eliminar las células “autorreactivas” que causan el daño neurológico. Poco a poco esas células se van sustituyendo por nuevas células inmunes sanas y este cambio cualitativo puede durar años. En el momento en que los recuentos celulares vuelven a niveles normales tras esa “repoblación”, se pueden aplicar todo tipo de vacunas y el riesgo de infecciones es mínimo.

La disponibilidad de un abanico tan amplio de fármacos inmunosupresores permite a los especialistas un manejo más ajustado a las necesidades de cada paciente. No existen fármacos buenos ni malos y será el neurólogo quien aconseje cuál utilizar según la situación individual del paciente y las características de su enfermedad.

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Aida Orviz
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